- Pero, ¿cómo sabe usted cuándo no tiene corazón un camino, don Juan? - Cualquiera puede saber eso. El problema es que nadie hace la pregunta, y cuando uno por fin se da cuenta de que ha tomado un camino sin corazón, el camino está ya a punto de matarlo. En esas circunstancias muy pocos hombres pueden considerar, y más pocos aún pueden dejar el camino. - ¿Cómo debo proceder para hacer la pregunta apropiada, don Juan? - Pregunta nada más. - Lo que quiero decir es si hay método indicado para que ya no me mienta a mí mismo y crea que la respuesta es sí cuando en realidad es no. - ¿Por qué habrías de mentir? - Tal vez porque en el momento el camino es agradable y me gusta. - Esas son tonterías. Un camino sin corazón nunca es disfrutable. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En cambio, un camino con corazón es fácil: no te hace trabajar por tomarle gusto.
¿Y en qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que un hombre bien constituido beneficia a nuestros sentidos, en que está tallado de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A él le gusta sólo lo que le es saludable; su agrado, su placer cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no le mata le hace más fuerte. Instintivamente forma su síntesis con todo lo que ve, oye, vive: es un principio de selección, deja caer al suelo muchas cosas. Se encuentra siempre en su compañía, se relacione con libros, con hombres o con paisajes, él honra al elegir, al admitir, al confiar. Reacciona con lentitud a toda especie de estímulos, con aquella lentitud que una larga cautela y un orgullo querido le han inculcado, examina el estímulo que se acerca, está lejos de salir a su encuentro. No cree ni en la desgracia ni en la culpa, liquida los asuntos pendientes consigo mismo, con los demás, sabe olvidar, - es bastante fuerte para que todo tenga que ocurrir de la mejor manera para él.
Si me dispongo a hablar extensamente de fantasmas, de herencia y de generaciones, de generaciones de fantasmas, es decir, de ciertos otrosque no están presentes, ni presentemente vivos, ni entre nosotros ni en nosotros ni fuera de nosotros, es en nombre de la justicia. De la justicia ahí donde la justicia aún no está, aún no ahí, ahí donde ya no está, entendamos ahí donde ya no está presenteyahí donde nunca será, como tampoco lo será la ley, reductible al derecho. Hay que hablar delfantasma, incluso alfantasma y conél, desde el momento en que ninguna ética, ninguna política, revolucionaria o no, parece posible, ni pensable, ni justa, sino reconoce como su principio el respeto por esos otros que no son ya o por esos otros que no están todavía ahí, presentemente vivos, tanto si han muerto ya, como si todavía no han nacido. Ninguna justicia -no digamos ya ninguna ley, y esta vez tampoco hablamos aquí del derecho -parece posible o pensable sin un principio de responsabilidad, más allá de todopresente vivo, en aquello que desquicia el presente vivo, ante los fantasmas de los que aún no han nacido o de los que han muerto ya, víctimas o no de guerras, de violencias políticas o de otras violencias, de exterminaciones nacionalistas, racistas, colonialistas, sexistas o de otro tipo; de las opresiones del imperialismo capitalista o de cualquier forma de totalitarismo. Sin esta no contemporaneidad a sí del presente vivo, sin aquello que secretamente lo desajusta, sin esa responsabilidad ni ese respeto por la justicia para aquellos que no están ahí, aquellos que no están ya o no están todavía presentes y vivos, ¿qué sentido tendría plantear la pregunta «¿dónde?», «¿dónde mañana?» (whither?).
No se trata de una simple analogía: la escritura, la letra, la inscripción sensible, siempre fueron consideradas por la tradición occidental como el cuerpo y la materia exteriores al espíritu, al aliento, al verbo y al logos. Y el problema del alma y del cuerpo es, sin duda, derivado del problema de la escritura, al cual parece -inversamente- prestarle sus metáforas.
La escritura, materia sensible y exterioridad artificial: un “vestido”. Muchas veces se ha negado que el habla fuera un vestido para el pensamiento. Husserl, Saussure, Lavelle, no dejaron de hacerlo. Pero ¿se dudó alguna vez que la escritura fuera un vestido del habla? Para Saussure inclusive es un vestido de perversión, de extravío, un hábito de corrupción y de disimulación, una máscara a la que es necesario exorcizar, vale decir conjurar mediante la buena palabra: “...la escritura vela y empaña la vida de la lengua: no es un vestido sino un disfraz” (p. 79). Extraña “imagen”. Se sospecha ya que si la escritura es “imagen” y “figuración” exterior, esta “representación” no es inocente. El afuera mantiene con el adentro una relación que, como siempre, no es de mera exterioridad. El sentido del afuera siempre estuvo en el adentro, prisionero fuera del afuera, y recíprocamente.
Por lo tanto una ciencia del lenguaje tendría que volver a encontrar relaciones naturales, lo que quiere decir simples y originales entre el habla y la escritura, es decir, entre un adentro y un afuera.
"...Aún siendo ya un músico reconocido, Philip Glass tuvo que trabajar como taxista de Nueva York hasta sus 41 años para poder sostenerse económicamente..." Rodrigo Vallejo (Colombia)
"...Glass consideraba que ganarse la vida como taxista fue fundamental para su carrera: “Significaba que yo no tenía que trabajar ni en el campo académico ni como músico comercial”…”Yo quería arreglármelas por las mías, sin tener que responder a un empleador, simplemente ganar algún dinero y componer en forma independiente todo el tiempo posible” ... “A nadie le importaba lo que yo hacía, nadie me invitaba a ningún evento. Tenía una libertad tremenda... La vida era más fácil y más barata en ese momento, antes de caer en el consumo y los excesos de hoy en día… No me tenía que preocupar por críticas ni comisiones, y no le debía nada a nadie...”* De esa manera compuso, entre otras obras, su “Música en 12 partes”, y “Einstein en la playa”..." Daniel y Juan Luis Faure "Los UsuPacha" (Argentina)
* Fuente: San Francisco Examiner, nota publicada el 14/02/2009, traducción de JLB.
En un objeto singular pueden siempre distinguirse cualidades, como el color, el olor, etc. Y, a partir de ellas, siempre puede encararse una esencia implicada por ellas, como el signo implica la significación. El conjunto «objeto-esencia» constituye un todo organizado: la esencia no está en el objeto, sino que es el sentido del objeto, la razón de la serie de apariciones que lo develan. Pero el ser no es ni una cualidad del objeto captable entre otras, ni un sentido del objeto. El objeto no remite al ser como a una significación: sería imposible, por ejemplo, definir el ser como una presencia; puesto que la ausencia devela también al ser, ya que no estar ahí es todavía ser. El objeto no posee al ser, y su existencia no es una participación en el ser, ni ningún otro género de relación. Decir es es la única manera de definir su manera de ser; pues el objeto no enmascara al ser, pero tampoco lo devela. No lo enmascara, pues sería vano tratar de apartar ciertas cualidades del existente para encontrar al ser detrás de ellas: el ser es el ser de todas por igual. No lo devela, pues sería vano dirigirse al objeto para aprehender su ser. El existente es fenómeno, es decir que se desgina a sí mismo como conjunto organizado de cualidades. Designa a sí mismo, y no a su ser. El ser es simplemente la condición de toda develación: es ser-para-develar, y no ser develado.
Mientras tu ansiedad lo cambia todo cuanto encuentre por delante, mi paciencia abunda en torpezas pretendiéndome impasible frente a tu inquietud.
Ya ves; ahora me demoro en la letra sin fin, sin saber la espera a qué.
Surge así, sin buscar, ni querer, el temor y la esperanza; la una como el otro, porque por fin, la seguridad oscila en una ventura que aún no augura su fin.
Es el peligro de la ilusión, el mismo encanto de vivir. Lo que no queremos, que una vez tenido, es defendido.
Lo que tus palabras, ajenas, me dicen a mí, sin ser el elegido, receptor.
Aquí me asiento en la escucha, vaya a saber porqué.
Una luna de tu noche tiene tiempo, una figura de tus manos tiene mucho más. Yo no tengo un solo signo tuyo en mí, ya no sé si quizás hay que jugar.
Los gemidos de tu siesta tienen tiempo, y los fantasmas que amas tienen algo al fin. Yo no tengo un solo rastro tuyo en mí, oh, mi amor, sólo cabe luchar.
Sin despertar es como te atarás, si no comprendes tus ojos brillarán, solo brillarán...
Los desiertos y tus pasos tienen tiempo, Las mareas y las estelas tienen cielo de ti, ojalá tuviese yo tu amor así, sin saber como entrar o como salir.
"Pero su amigo afirma que nosotros podemos hacer uso con entera libertad, es decir, absolutamente, de la actividad de nuestra razón y en esa opinión persiste con bastante, por no decir demasiada, confianza. ¿En efecto, quién negaría, dice él, sino contradiciendo su propia conciencia que puedo pensar acerca de mis pensamientos, que quiero o que no quiero escribir? Me agradaría mucho saber de qué conciencia habla. Yo, por cierto, para no contradecir a mi conciencia, es decir, a la razón y a la experiencia, y para no fomentar prejuicios y la ignorancia, niego que pueda pensar, con algún poder absoluto de pensar, que quiero y que no quiero escribir. Pero apelo a la conciencia de él mismo que, indudablemente, habrá experimentado que al soñar no tiene el poder de pensar que quiere y que no quiere escribir; y cuando sueña que quiere escribir, no tiene el poder de soñar que no quiere escribir; y creo que no menos habrá experimentado que el alma no es siempre igualmente apta para pensar sobre el mismo objeto, sino que conforme el cuerpo es más apto para que en él se despierte la imagen de este o aquel objeto, también el alma es más apta para contemplar de este u otro objeto."
Se adivina que yo no quiera despedirme con ingratitud de aquel período de grave y larga enfermedad cuyo proceso hasta hoy no se ha agotado aún para mí: puesto que tengo conciencia de la ventaja que mi salud rica en cambios me otorga en verdad frente a todos los lerdos rechonchos del espíritu. Un filósofo que ha hecho el camino a través de muchas saludes y lo vuelve a hacer una y otra vez, ha transitado a través de muchas filosofías: justamente él no puede actuar de otra manera más que transformando cada vez su situación en una forma y lejanía más espirituales -este arte de la transfiguración es precisamente la filosofía. A los filósofos no les está permitido establecer una separación entre el alma y el cuerpo, tal como lo hace el pueblo y menos aún nos esta permitido separar alma y espíritu. Nosotros no somos ranas pensantes ni aparatos de objetivación ni de registro, con las vísceras congeladas -continuamente tenemos que parir nuestro pensamientos desde nuestro dolor, y compartir maternalmente con ellos todo cuanto hay en nosotros de sangre, corazón, fuego, placer, pasión, tormento, conciencia, destino, fatalidad. Vivir -eso significa, para nosotros trasformar continuamente todo lo que somos en luz y en llama, también todo lo que nos hiere: no podemos actuar de otra manera. Y en cuanto a lo que concierne a la enfermedad: ¿no estaríamos casi tentados a preguntar si es que ella nos es en general prescindible? Sólo el gran dolor es el último liberador del espíritu, en tanto es el maestro de la gran sospecha, que convierte cada U en una X, una genuina y justa X, es decir, la penúltima letra en la última... Sólo el gran dolor, aquel largo y lento dolor que se toma tiempo, en el que nos quemamos por así decirlo, como una madera verde, nos obliga a los filósofos a ascender hasta nuestra última profundidad y a apartar de nosotros toda confianza, toda benignidad, encubrimiento, clemencia, medianía, entre las que previamente habíamos asentado tal vez nuestra humanidad. Dudo si un dolor de este tipo “mejora”; pero sé que nos profundiza. Ya sea que aprendamos a contraponerle nuestro orgullo, nuestra burla, nuestra fuerza de voluntad, y que hagamos como aquel indio que, por grave que fuese la tortura, se resarcía ante su torturador mediante la maldad de su lengua, ya sea que ante el dolor nos retraigamos en aquella nada oriental - se la llama nirvana -, en el mudo ciego, sordo resignarse, olvidarse, extinguirse a sí mismo: de tales largos y peligrosos ejercicios de dominio sobre si mismo se sale convertido en otro hombre, con algunos signos de interrogación más y sobre todo, de ahora en adelante, con la voluntad de preguntar más, más profunda, rigurosa, dura, malvada, tranquilamente que lo que hasta entonces se había preguntado. Se acabó la confianza en la vida: la vida misma se convirtió en problema. ¡Pero no se crea que con esto uno se ha convertido necesariamente en un melancólico! Incluso todavía es posible el amor a la vida -sólo que se ama de otra manera. Es el amor a una mujer que nos hace dudar... Pero el atractivo por lo problemático, la alegría en la X es tan grande en esos hombres más espirituales, más espiritualizados, como para que esa alegría no estalle una y otra vez como una brasa resplandeciente por encima de toda penuria de lo problemático, por sobre todo peligro de la inseguridad, incluso por encima de los celos del amante. Conocemos una nueva felicidad...
Me gustaría que creyeras que esto es el irrisorio juego de las compensaciones con que consuelo esta distancia. Sigue entonces danzando en el espejo de otro cuerpo después de haber sonreído apenas para mí.
Tímidos, avergonzados, torpes, como un tigre al que le ha salido mal el salto: así, hombres superiores, os he visto a menudo apartaros furtivamente a un lado. Os había salido mal una jugada. Pero vosotros, jugadores de dados, ¡qué importa eso! ¡No habéis aprendido a jugar y a hacer burlas como se debe! ¿No estamos simpre sentados a una gran mesa de burlas y de juegos? Y aunque se os hayan malogrado grandes cosas, ¿es que por ello vosotros mismos -os habéis malogrado? Y aunque vosotros mismos os hayáis malogrado, ¿se malogró por ello - el hombre? Y si el hombre se malogró: ¡bien! ¡adelante!
F. Nietzsche Así habló Zaratustra, IV, Del hombrte superior.
"Nada poseo y nada deseo poseer. No amo nada y nada tengo que perder, pero no por esto me hice más digno de ti, de ti, que desde hace mucho tiempo estás cansado de arrancar a los hombres lo que ellos aman, cansado de sus cobardes suspiros, de sus cobardes súplicas. Sorpréndeme, estoy preparado. Ninguna apuesta, pelearemos por honor. Muéstrame a ella, muéstrame una posibilidad que tenga toda la apariencia de una imposibilidad, muéstramela incluso entre las sombras del infierno e iré a buscarla. Deja que ella me odie, me desprecie, me muestre indiferencia, ame a otro. Yo no tengo miedo; pero mueve las aguas, rompe la calma. Dejarme morir de esta forma de inanición es algo miserable, no digno de ti, que imaginas ser más fuerte que yo."
En qué medida la sociedad puede reconocer verdaderamente su autocreación en su institución, reconocerse como instituyente, autoinstituirse explícitamente y superar la autoperpetuación de lo instituido y mostrarse capaz de retomarlo y de transformarlo de acuerdo con sus exigencias propias y no de acuerdo con la inercia de aquél, de reconocerse como fuente de su propia alteridad. He aquí las cuestiones, la cuestión de la revolución que no sólo supera las fronteras de lo teorizable, sino que se colocan de entrada en otro terreno. Si lo que decimos tiene algún sentido, este terreno es el terreno propio de la creatividad de la historia.
Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria, pp. 342.
"Él [Rousseau] está obligado a decir: Yo escribo y mi mano no está guiada por la naturaleza depravada, yo escribo pero mi espíritu no está animado por el deseo de caerle bien a la gente. Además, yo escribo y necesariamente me retraigo, me encapsulo en mi soledad. Porque si yo confiara en aquellos a quienes les escribo, estaría concediendo al status quo. Escribo como tirando una botella en el mar".
José Luis Galimidi, clase teórico-práctica de filosofía política, Rousseau y el Discurso...
y sin embargo, escribo sin ánimo de partida, sin ánimo de despedida, para decir aquello que siempre impresiona ser un partir. ¿acaso es falsa la impresión?
No.
ocurre que algo ha cesado de ser, como siempre, otra vez, pero, por eso mismo, una vez más.
¿una cosa, o la otra? ¿en cuál cayó? ¡qué importa!
Absoluta repugnancia ante aquél que no interviene nunca en su destino, porque lo espera todo NO DE SU DESTINO; sino de la NADA. Absoluta repugnancia; porque en él no sólo no hay acción, tampoco hay pasión, ni siquiera espera, sólo temor. Cobarde temor, cobarde...porque aún no sabe a qué le teme (pero le huye a la angustia...). Absoluta repugnancia (¡)de tener cerca(!) a quien no sólo no decide, sino que además, deniega, se exculpa, se alivia; cínicamente. Absoluta repugnancia por quien se cree adecuado a la norma y es alguien que no es nadie, porque por ello es más bajo que aquél que se asume bajo (nadie que no es nadie). Miserable dos veces. Absoluta repugnancia por quien se excusa con su mesiánico álter ego cada vez que debe actuar: eso no es ni destino ni alteridad; eso es herrumbre por exceso de necedad.
Que la diferencia no se produce sino que acontece, es algo que un mediocre no acepta, por saberlo. Como le teme, aunque la necesite, la niega, mas luego, por ésta, su cobarde y única intervención, cree usufructuarla, como si se tratara de una billetera o un carnet de socio.
¡No hundirse nunca jamás en la misma profundidad de un mediocre! Purificarse de tanta pulcritud sólo es posible con la fuerza de las llamas.
¡Prenderse fuego ante la falta de valor del miserable! (una sola chispa a centímetros de su cuello lo esfumará del paisaje)
Son mis voces cantando para que no canten ellos, los amordazados grismente en el alba, los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.
Hay, en la espera, un rumor a lila rompiéndose. Y hay, cuando viene el día, una partición del sol en pequeños soles negros. Y cuando es de noche, siempre, una tribu de palabras mutiladas busca asilo en mi garganta, para que no canten ellos, los funestos, los dueños del silencio.
Es cierto. Lo reconozco. Sí, ya lo sé. ¿Qué quiere que le diga?, ¿sería prudente de mi parte la hipocresía de negarlo? En absoluto; no se trata de una virtud, sino de la fatalidad de ser un mero hecho: conmigo no se puede hablar. ¿Quién soy yo?, ¿Quién es usted? ¿Con quién se puede hablar? ¿Con quién se llega a hablar? A mí se me puede encontrar, y usted me entiende la palabra si aún me lee.
Espera un instante fugaz en el que dejarse ir en la tonta luz que querrás entreabrir y así el vacío mirar y el bardo final de este mundo que aniquila el amor por dentro, todo es un túnel hacia tí, y para qué proseguir si tú te esconderás y de mí huirás en un súbito adiós como un ángel, sin dolor alguno, ah!
Si por algo podré tener a consideración el título de "filósofo", no será por corregir maneras, sino por escudar verdades. Habrá que esperar al acontecimiento que propicie la acción, y no cabrán dudas: habrá que actuar. Y en la espera, tendré tiempo para indagar porqué mi vínculo con la verdad, y qué instinto encubre.
Es difícil leer sin emoción, a mi juicio, por lo menos, el comienzo de la obra; la profundidad del sentimiento y la sinceridad del tono manifiestan la aspereza de las luchas pasadas. Ajeno a cualquier Iglesia, solo ante el Universo, misterioso aún y sin duda hostil, lleno de peligros, Spinoza quiere salvarse por la reflexión pura, el buen uso del entendimiento. Y eso tiene verdadera grandeza. ¡Cuán diferente de la situación de Descartes al comienzo de las Meditaciones! (Para la comparación de ambas obras véase Kuno Fischer, Geschichte der neueren Philosophie, 1, 2, pág. 266.)
No puedo escribir, la subjetividad es insoportable, y le resulta innecesaria al mundo. Yo debo convivir con ella, no soy el que tiene la opción. Pero, alrededor de todo eso, puedo decir algo que le escape, aunque no deje de tener que ver conmigo, con ese yo que no concierne a nadie que aquí me esté leyendo, aunque me relea, pues no seré yo el leído, sino quien lee. Agradezco lo vivido, aunque no lo haya merecido, aunque no haya nada que me pueda dar la pauta de un tal merecer, pues eso solo es problema porque yo planteo un tal "merecer". Y violento que no me importe. Y no me importa, aunque me importe. Y de esa forma sigo, aunque sea absurdo, aunque ya sinsentido. Y ya me puedo volver a ausentar, y ser feliz al desaparecer. Difícil escribir.
Por detrás, dos grandes, cansados pero seguros. Ellos serán la persistencia ordinaria. Por delante, dos niños, ansiosos de éxito. Ellos serán la extrañeza de la fama. Yo, que no soy nadie, el margen que traza la diferencia, lo que distingue a unos de otros. Irreductible e innegable, y por todo eso, lo negado.
En un barco, se puede seguir a cualquiera, pero a un barco, no se sube cualquiera. A un barco, no querrá subirse cualquiera. Quien yá está en él, a él le pertenece. Por eso sigue a cualquiera, pero no cualquiera lo sigue a él. Naufraga en el mar.
¿Y cuánto se puede vivir en naufragio?
Si hay una condena, entre todo lo que determina, ya es la de "estar solo", eso no es lo terrible, lo terrible es el desamparo. Lo otro es costumbre. El desamparo desespera. Atrás, queda el recuerdo por delante.
En una limitación espacial, geográfica, restrictiva a la tendencia de recorrer distancias propia de nuestra especie, se encuentra toda la libertad posible. No hay más. Ya está ahí, toda ella. Y con ella, todo lo que difiere, lo limitado, lo condicionado, en estado de reclusión. Todo eso otro, en su reclusión, es libre. Y ello es libre, porque podrá, alguna vez, desprenderse de ella, de algún modo u otro. O ella se desprenderá de ello, probablemente. Mientras, ello debe ocupar el tiempo, o mejor, horadarlo, de cualquier modo, del modo que sea, con tal que lo haga. De a ratos, la inmensidad del sol en el cielo es total, y se queda ciego y tostado, pues no hay lugar para un refugio. Pero afortunadamente no falta la noche, con el descanso o el temor que se presentarán de una u otra manera. Y ahí está pues, todo ello, esclavo de un espacio, bajo la condena del tiempo. Con la libertad de su limitación. Con ella, para jugársela contra su límite, como mejor puede, con toda su inocencia, que no contempla lo que sostiene al límite que ella cree el fin. El límite no termina ahí. No termina. Se corre siempre un poco más. Y mientras tanto, movimiento. Torpeza de insistir. Buscar. Encontrar. Perder. Todo eso mientras la inocencia se mantiene en pie ante aquél límite. Siempre es inocencia por limitación a un cuerpo, sometido a un espacio, pagando con su tiempo. Ese tiempo que ya no le pertenece, que está vendido; ello es el recibo de ese pago. Pero la tiene a ella, la libertad entera, para llegar a romperse en un choque contra ella.
Se ela não gosta de mim, o que é que voce tem com isso Se ela não presta é ruim, gostar dela é o meu compromisso Guarde o seu conselho, professor O amor é forte não tem idade não tem cor
Se ela não gosta de mim, o que é que voce tem com isso Se ela não presta é ruim, gostar dela é o meu compromisso Guarde o seu conselho, professor O amor é forte não tem idade não tem cor
Deixe que ela me trate com desdenho Deixe que ela me trate com heronia Eu gosto dela professor me sinto bem Se ela fosse o seu amor o que é que voce faria
Ayer mataron a un estudiante de filosofía. Tenía 27 años. Su nombre, Rodrigo Ezcurra. Lo conocí por su gentileza y curiosidad, más que por una excusa formal o institucional, que las había, aunque las omitimos. En vez de preguntarme directamente por Spinoza desde su afinidad leibniziana, me preguntó si yo había salido con determinada señorita. Hablamos de Deleuze alguna tarde bajo el árbol de Puán, con una cerveza que me ofreció y un porro que le ofrecí. Hicimos un viaje juntos a un congreso de filosofía en Mendoza, y allí notó, en mis modos reservados, que gustaba de ser precavido para las ocasiones oportunas que vendrán. Un gran observador, un simpático inquieto, errante como perdido, dulce como tímido, diseminado en búsquedas como todo apasionado que no encuentra sus raíces. Hasta hace una hora no quise creer que se trataba de él, desconocía su apellido; apenas si lo descubrí en los plácidos momentos que nos logramos ofrecer. No puedo evitar rendirle mi homenaje a este anónimo que supo ser mejor compañero, aún ausente, que tantos maniquíes que apoyan su culo en un salón más de esa fábrica de fósforos.
Para olvidarme de ti voy a cultivar la tierra, en ella espero encontrar remedio para mis penas.
Aquí plantaré el rosal de las espinas más gruesas, tendré lista la corona para cuando en mi te mueras.
Para mi tristeza violeta azul, clavelina roja pa mi pasión y para saber si me correspondes deshojo un blanco manzanillón. Si me quierés mucho, poquito, nada, tranquilo queda mi corazón.
Creciendo irán poco a poco los alegres pensamientos cuando ya estén florecidos irá lejos tu recuerdo.
De la flor de la amapola seré su mejor amiga, la pondré bajo la almohada para dormirme tranquila.
Cogollo de toronjil, cuando me aumentan las penas las flores de mi jardín han de ser mis enfermeras.
Y si acaso yo me ausento antes que tú te arrepientas heredarás estas flores, ven a curarte con ellas
"Según investigaciones y estudios realizados por europeos en los siglos XIX y XX, el barbero primero envolvía desde su base al pene y los testículos conjuntamente en una venda común que ajustaba fuertemente, lo que producía dolor y proporcionaba la forma de una especie de embutido. A continuación iba retorciendo hacia un lado el paquete así formado, tomaba un cuchillo curvo y lo alzaba a distancia, calculando para un corte fuerte y veloz. Llegados a este punto el barbero preguntaba una vez más si estaban seguros de una decisión que sería irreversible, si el futuro eunuco era mayor de edad, él debía responder por sí mismo, y si era menor entonces la respuesta correspondía a la familia, allí presente. Si la respuesta final era afirmativa, entonces con un solo movimiento cercenaba los genitales. Luego, junto con el inmenso dolor, se producía una abundante hemorragia. El barbero aplicaba baños de sales y aceites para detenerla y luego aplicaba una pequeña cuña de metal, generalmente estaño, en el orificio uretral. Entonces acontecía lo más difícil, el nuevo eunuco debía estar andando despacio sin mayor descanso, y no consumir nada de líquidos por unos días. Al cabo del tiempo, se le retiraba el tabique de metal antes colocado en el orificio uretral, si conseguía orinar, entonces la operación había sido un éxito y ya podía empezar a gestionar un empleo para servir en la Corte del Emperador. En caso contrario, una atroz agonía esperaba al nuevo eunuco antes de su lenta muerte."
Que "la tristeza no tiene fin, pero la felicidad sí", que "todo en su lugar exacto", que "la triste alegría", son distintas expresiones de manifestaciones musicales populares en que se revela cómo las fuerzas reactivas contienen el vigoroso impulso creativo, floreciente, de las fuerzas activas, que van a por el mundo, o mueren en su busca. Recuérdese siempre, aún cuando todo esté perdido, aún cuando todo dé la impresión de otra derrota más, aún cuando los derrotados aparentan debilidad y congoja, aún cuando también, habiendo perdido, intentan vivir, que las fuerzas activas, aún acompañadas, lo son de un modo provisorio, pues siempre andan solas, abandonadas a su propio destino, a la embergadura de una desolación alegre, que se jacta de su fuerza en todas las caídas y en todos los vituperios: porque aquel en que se revela la fuerza activa, se conjugan todos los resentimientos y rencores, todas las miserias y, sobre todo, por sobre todas las cosas, en donde se anquilosa su despliegue por la intervención de la represión cobarde, pero lapidaria, de aquellos que obtienen su fuerza ultrajando la de estos otros.
-Vos te haces fuerte matándome. Mi presente no es hoy. Habrá sido el de ayer, o el de mañana. Me extirpas el día, el día a día. Lo haces tuyo, me amputas la raíz, ¡la raíz! Y me dejas seco, abandonado al destino que los dioses me libran, a la tierra anónima que siempre, tan bendita y llena de gloria en su silencio y en su preciada indiferencia, abriga a todos los anónimos, a todos los que, no teniendo dónde morir, ella los cobija. Y todo esto lo haces a base de mi confianza, a ti; yo, que creí y creo una vez más, y siempre, aún inútilmente, perpetuamente más allá de toda obvia estupidez, que algún día podrías ser alegre para soportar, para convivir, con mi fuerza. Pero le temes y la deseas, y por eso no me toleras y venís por mi muerte, y me matas, y me matarás cuánto haga falta, porque el resentimiento del mundo no soportará nunca, jamás, haber descubierto que la felicidad se vislumbraba en la tierna modesta sonrisa de otro. Mi sonrisa, ayer, mi sonrisa, mañana. Mi sonrisa, hoy, bajo tierra, una vez más. Que no sea la última. Alguna semilla lo habrá de saber: no será la última. ¡Que se repita miles y miles de veces más!, ¡Que los cuerpos nacieron para luchar y morir!, ¡para reír aún siga vigente el reino de los tristes!
Pronto, es inminente, todo volverá a su correcto lugar. Se avecina nuevamente, la victoria abyecta de los insolentes cobardes. Es tiempo de mirar una vez más al horizonte, siempre augurando otra espera, y que el machete -no será un hacha- me derribe de un golpe seco.
"La «marca [trace] matinal» de la diferencia se ha perdido en una invisibilidad sin retorno y, sin embargo, su pérdida misma está abrigada, guardada, mirada, retardada. En un texto. Bajo la forma de la presencia."
Si debe pensarse una relación, un vínculo entre dos personas signadas por el amor, la atracción y el deseo, es prácticamente imposible sostenerse en un Olimpo resguardado de la experiencia y el devenir, la ineludible fluctuación a través del tiempo soportada por ambos individuos romperá la cristalización idealizada del vínculo en una oscilación sin parangón, en la que se restituirán los ordenes implícitamente establecidos antes de toda primer consumación del enlace, en la que sólo existía una primitiva forma elemental de atracción, y que ahora, sometidos a la destrucción que obra el tiempo por sobre todas las cosas enlazadas, apenas es cuestión de esperar, para poder descubrir en la exposición de los dos, entre los dos, quién de éstos era que miraba hacia arriba para encontrar su meta, y quien no podía mirar hacia abajo, porque le restaba iluminación; quien se desenvolvía, ¡ay!, ¡casi como fuerza azarosa y necesaria del destino propio!, como amante, y quien se torna, casi por simple efecto, en amado.
El orden no puede sostenerse, es un Aleph, una piedra de toque, el orden se quiebra no bien se abandonó la posibilidad y se alcanzó el concebirlo efectivamente. Y quien primero concibe ése orden, a quien primero aturde la visión irreal, a quien le llegó la iluminación que augura una posibilidad que no será la que vendrá, ése será condenado a la busca, a la meta, sin dejar al par, de ser individuo real, carne, aislamiento, soledad: ése, será Orfeo magullado por la escisión entre la imagen que lo iluminó y su cuerpo propio que lo ata a su pasado, siempre presente. Cobardía en la audacia de perseguir una gran meta debido a una frágil condición corpórea que atemoriza y es siempre vigente.
Porque aquí no se trata del amor fraterno que permite el juego abstracto de cierta igualdad falsa, de cierta abstracción elogiosamente engañadora como sustentadora de ese orden falso pero vital, fértil, productivo para las partes, en el que los individuos no se desnudarán por respeto al cuerpo del otro como a su cuerpo propio, y que, por ello mismo, la confesión puede ser tan franca y desinteresada porque el amigo, en tanto amigo, no desnudará al otro, no se desnudará ante el otro, aunque pudiera, porque no destrozaría al otro, aunque estuviera tentado, porque también desea y se confunde ante el otro, aunque actúe frente a él sin pensar, porque también el amor fluctúa independiente a los fines de la relación misma y entonces bajo el vínculo fraterno se confunden las necesidades con los caprichos.
El amor atravesado de proyección; el amor que se inaugura como idealidad; el amor que dispara flechas desde el arco que porta el amante y que quiere ver sangre en la cosa amada; el amor que busca la muerte como sea, bajo la forma que sea, para atestiguar su realidad; ése amor está dispuesto a todo en la apertura del escenario, porque se nutre de lo más vital de cada uno de los individuos; tanto de la fuerza de quien sólo es libre para amar como ama, y no puede hacerlo de otro modo, como de la vida misma de quien sólo se comporta cuán divino venado perdido en el sagrado círculo de la naturaleza, deidad mortal del silencioso bosque, que en virtud de una mirada que lo acecha, apenas es un Dios egoísta bajo amenaza de muerte.
Alejado, abandonado de las otras formas de amor, éste, el más solitario de todos los amores, el amor más egoísta por ser el más autodestructivo, el más cobarde por ser el más osado, o bien se vuelve guerrero para vivir y regir como gran conquistador o muere dignamente en medio de la lucha, o bien el devenir lo somete a un destino esclavizado y subyugante. No puede vivirse este amor sin su guerra y sus batallas, sin sus mentiras y sus estrategias, cuando, terrible posibilidad que extrema la naturaleza de un cuerpo condenado a conservarse para seguir teniendo apenas la única posibilidad reactualizada, debe jugarse al extremo dicha posibilidad para consumar su fin, para superarse, para devenir en otra forma de amor todavía más alta, o acaso, tal vez, para que muera en la altura en la que éste exige para morir, un amor signado por la imposible proeza.
Se trata de un amor teñido de orgullo, que no tolera las bajezas en demasía, que demanda gentileza en austeridad, la persistencia en soledad, la fuerza en la indiferencia. Volverse a Dios, es el propósito impensado hacia el que se dirige el amante; ascender del modo que sea, es su meta: superar a la cosa amada, aniquilar la forma divina que degrada la mortalidad de la vida, sobre todo, desgarrar la cosa amada, atravesarle una buena flecha precisa en medio del torso, que sin dar muerte, la angustie con el fin, y así por fin la cosa amada se advierta viva y no divina, acompañada en soledad y no existiendo solitaria, individualizada en virtud de la angustia por padecer una especie de fin, sin saber su origen.
“Saber su origen”, entonces, podría ser un motor para el impulso (falso impulso) del ataque del amante, una última guarida, una última ilusión, clara señal que revela la condición de último hombre, terrible signo que anuncia la posibilidad de des-obrarse, de romperse, de superarse y destruir la imagen sin cuerpo que obtura al cuerpo mismo frente al cuerpo buscado, la última -por primera- dificultad para liberar al cuerpo de su propia sombra, aunque ésta vuelva, pero siempre -y sólo- por detrás.
No. No hay que volverse Dios. Menos aún, asesinar a la cosa amada. Pero hay que lastimarla con la suficiente fuerza y sin llegar a aniquilarla, para que el dolor la fortalezca ante el crudo mundo vivo y sangrante, o muera por la debilidad de portar un cuerpo de imagen, una solidez de aire, una resistencia onírica. Asustar al venado, hacer correr al venado, desesperar al venado para avisparlo ante el mundo, para que busque mejor el alimento del mundo y se esconda mejor del dolor del mundo, para que sepa ser mundo en el mundo, para que deje de comportarse como un Dios, siempre obra de una simple y gran mirada cazadora.
Sí. Hay que disparar flechas. Hay que desaparecer en el acto aún bajo la misma presencia. Hay que ser frío por dulce, y dulce por amargo. Hay que romper con el destino de Orfeo. Hay que seguir adelante sin conserva alguna, hay que vivir hasta morir, mas no, para morir, y que el resto, siembre otra historia.
Lo de menos son todos los secretos que intuyo huelo y toco y siempre te respeto lo de menos es que jamás me sobres que tu amor me enriquezca haciéndome más pobre lo de menos es que tus sentimientos no marquen en horario con mi renacimiento lo de menos es larga soledad lo de menos es cuanto corazón lo que menos importa es mi razón lo de menos incluso es tu jamás mientras cante mi voz intentando atrapar las palabras que digan las palabras que digan las palabras que digan lo demás.
Amoroso de forma que no mancha en verso y melodía recurro a la revancha mi despecho te besará la vida allá donde mas sola o donde mas querida donde quiera que saltes o que gires habrá un segundo mío para que no suspires es la prenda de larga soledad es la prenda de cuanto corazón lo que menos importa es mi razón lo de menos incluso es tu jamás mientras cante mi amor intentando atrapar las palabras que digan las palabras que digan las palabras que digan lo demás.
Pajarillo, el fin de mis dos rosas espántame los golpes y no la mariposa ejercita tu danza en mi cintura aroma incomparable o pan de mi locura con tu cuerpo vestido de mis manos ardía una nueva infancia alcohol de menos grados desde el mar te lo cuento en soledad desde el mar te lo lanza un corazón lo que menos importa es mi razón lo de menos incluso es tu jamás mientras cante mi amor intentando atrapar las palabras que digan las palabras que digan las palabras que digan lo demás.