Alguien alguna vez me convirtió en noúmeno. Eso, claro, no lo supe sino mucho después, tanto o más, ahora, que intento esclarecerlo. Lo supe, porque yo ahora he de tener mi noúmeno, por efecto de réplica que, como una mónada sin ventana, un sujeto-persona virtual, delante de los ojos, sólo soy uno más, y así le ocurre a este alguien mismo, que ya no es nada, sino la representación de un fenómeno. Hasta eso se puede llegar: alguien convierte a alguien convirtiéndose a sí mismo para otro, en alguien convertido en otra cosa, cosa ninguna; la insípida profundidad de la inercia de la objetivación del conocimiento. Disección del alma, un cadáver. Todos muertos.
viernes, 27 de marzo de 2009
jueves, 5 de marzo de 2009
Extirpación Nro 1
“Por amor a India, pateando la sombra”
Manifestación dada sin mucho motivo, como alarde del festejo, de una cosecha. Y sin embargo, reveladora, al plazo, de la lucha a entablar entre el yo y el sí, en la facticidad de mi acontecer.
¿Hacia donde he de estar yendo?
Padezco un enorme carácter de sombra:
me apego demasiado de la opacidad q enfrenta soles.
Decadencia de las más cadentes.
Así,
me hundo.
lunes, 23 de febrero de 2009
interrogaciones
Pero puede ser que tal vez sea ése el inesperado momento que he andado esperando; el momento en que yo, ya no desee decir nada de mí. Tengo sin embargo la imprudencia o la ambigüedad de quien retorna a la escritura por poder partir de sí, y junto a ello, por ello, a este hablar de sí.
A-Pero este retorno, (no cabe duda que lo es) no es una remisión cualquiera del ejercicio del desplazamiento permanente, lo mejor todavía de él es que aún no lo podremos determinar (¿y cuánto tiempo es eso?, ¿y cuán obvia es la remisión a la provocación derridana?).
M-Hay un juego de revelaciones permanentes en el juego de la exposición, en que toda desnudez se ejercita a partir de desligares que nunca arrojan una sola relación externa, donde todos son la densidad de las pieles; ¡tan finas y tan materiales! Así, me dejo volver, me dejo estar, otra vez aquí, una vez más.
Poder andar por ahí, libre como expuesto, como quien se cree solo.
A-He ahí, el solitario. El que no sabe sino monologar y esperar a quien le interceda para… ¿qué? Hablar, no es desde ya, la primera intención de un solitario. Pero, quien dice, acaso tenga la amabilidad de quien sabe silenciar y esperar a que le hablen. Aunque no como un tercero, ajeno, desvalido y… ah, muy anciano.
M-No obstante, he ahí que el invierno será primavera cuando se supere.
A-Eso puedes decirme a mí ahora, que estás muy orgulloso de tu pararrayo de vanidad que soporta con ardua fragilidad a las intempestivas tormentas. Pero esto es lo imperdonable en ti, y con esto te anuncio lo que te condenará; tienes poder y no quieres dominar.
M-Tú no entiendes que ocurrió en mí, que ahora sólo quiero una cosa de ya no querer nada, y ésa es, que quiero malograrme.
domingo, 25 de enero de 2009
El pensamiento negativo
Lo tortuoso es el deber de vivir con «el propósito de la conciencia». Deber “atender a…”, como un “dirigido hacia…”, no es de pronto más que el agobio de la dirección, por la prestancia de la intención hacia la cosa, que no busca ni acaso espera, a ser encontrada. Se trata de infinitas distancias: la intención y la cosa. Pero a su vez, cierta habitualidad cotidiana gana al servicio de la intención misma, y dispone hacia un ejercicio torpe, aunque permanente, de conexiones varias entre ella y el mundo. Un juego ambivalente, que por un lado se afirma expresamente como una relación de sujeto-objeto, y por el otro, una ofuscación del límite, tal que las diferencias son sólo en el margen, perdiendo la escisión que distingue. Las diferencias se reducen al margen, debiendo convivir en azar y fuerza. Una expresión de inmanencia que no es solicitada, más bien es producto, resultado, efecto. No es lento el camino que lleva a los límites de la cosa divina que superior al género comprende la totalidad de lo ente. Pero no por reconocer una naturaleza se implica de ella una posibilidad de fondo a “descubrir”. Que no podamos conocer un concepto en sí remite a la contingencia del mundo, que de fondo no hace más que declarar el sentido trágico de la existencia: su dolor sin causa. Sentido que se afila en el borde de su abismo, casi borrándose en sinsentido, oscilando en su margen el ser y no ser. Una cosa lleva en su origen a su contraria que la terminará por acabar. Pero al par, una cosa es su cosa contraria que la termina de acabar. Hay un azar fortuito que inaprensible es huidizo a la determinación de ser. Permanece siempre por fuera de ser, el azar es libre en su no ser.
La posibilidad de no ser en el no ser, implica la libre asunción del acontecimiento que emerge como efecto de la serie infinita de efectos. Es la libertad de no ligarse a un proyecto que no me hace.
jueves, 8 de enero de 2009
viernes, 28 de noviembre de 2008
Adentro y afuera
Se está afuera, aunque afuera del adentro, por tanto -se dirá-, no hay adentro. Luego, entonces, si no hay adentro, no hay afuera; entonces, será que no hay nada. Y sin embargo, si no hay nada, hay la nada. Pero, ¿cómo habrá de haber nada si aún hay? Quizá el tope está aquí: si hay la nada, es porque hay, si hay, es porque aún puede discernirse -aunque sea discernir nada-, y si puede discernirse, aún hay afuera de un adentro, ¿adentro de qué? de pura nada distinguida.
Dibujos, letras y colores se adjuntan alrededor de todo este escritorio prolijamente ordenado por el procesador. Qué trazo de vida jugará a decir el collage, es un sueño perturbador para el orden que alguna tentación brindará al perdido frente a estos borradores.
viernes, 21 de noviembre de 2008
La palabra soplada

Y si decimos, para empezar, que Artaud nos enseña esa unidad anterior a la disociación, no es para constituir a Artaud en ejemplo de lo que nos enseña. Si lo entendemos, no tenemos que esperar de él una lección. Además, las consideraciones anteriores no son en absoluto prolegómenos metodológicos o generalidades que anuncian un nuevo tratamiento del caso Artaud. Más bien señalan la cuestión misma que Artaud pretende destruir en su raíz, aquello cuya derivación, si no imposibilidad, denuncia incansablemente, aquello sobre lo que sus gritos no han dejado de abatirse rabiosamente. Pues lo que nos prometen sus aullidos, articulándose bajo los nombres de existencia, de carne, de vida, de teatro, de crueldad, es, antes de la locura y la obra, el sentido de un arte que no da lugar a obras, la existencia de un artista que no es ya la vía o la experiencia que dan acceso a otra cosa que ellas mismas, la existencia de una palabra que es cuerpo, de un cuerpo que es un teatro, de un teatro que es un texto puesto que no está ya al servicio de una escritura más antigua que él, a algún archi-texto o archi-palabra. Si Artaud resiste absolutamente -y, creemos, como hasta ahora no se había hecho nunca- a las exégesis clínicas o críticas, es por lo que en su aventura (y con esta palabra designamos una totalidad anterior a la separación de la vida y la obra) hay de protesta como tal contra la ejemplificación como tal. El crítico y el médico carecerían aquí de recursos ante una existencia que se rehúsa a significar, ante un arte que se ha pretendido sin obra, ante un lenguaje que se ha pretendido sin huella. Es decir, sin diferencia. Al perseguir una manifestación que no fuese una expresión sino una creación pura de la vida, que no cayese nunca lejos del cuerpo hasta perderse en signo o en obra, en objeto, Artaud ha querido destruir una historia, la de la metafísica dualista que inspiraba más o menos subterráneamente los ensayos evocados más arriba: dualidad del alma y el cuerpo que sostiene, secretamente, sin duda, la de la palabra y la existencia, del texto y el cuerpo, etc. Metafísica del comentario que autorizaba los «comentarios» porque regía ya las obras comentadas. Obras no teatrales, en el sentido en que lo entiende Artaud, y que son ya comentarios desviados. Azotando su carne para despertarla hasta la vigilia de esa desviación, Artaud ha querido prohibir que su palabra lejos de su cuerpo le fuese soplada.
miércoles, 8 de octubre de 2008
sábado, 4 de octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
El círculo.
rueda de peones
para darle jaque al rey.
El bar de la estación
es un hogar para mi corazón.
Y las mujeres miran y no ven
al forastero que no tiene quien
lo espere.
Joaquín Sabina.
El cuerpo ante la miseria sigue cayendo, y se conmueve, y chilla, y se amarra de sí, y del aire, y de la tierra y hasta de esa sangre muerta, ajena, otra, fantasma de sacrificio sobre el horizonte de luna hostil.
Todo perdido para él; ni su piel se salva del fuego del cerro, el azufre le pisa los pies calcinados por visitante inoportuno al cielo de los demonios, camina y se desnubla en la distancia de un límite, todo tan cerca mas el cuerpo tan guardado de los fantasmas que sólo sabe derramarse en rojo licor.
El cuerpo mira la luna; ésta ya no muestra, ya no demuestra, ella sólo ha vuelto a ser luna, lo que nunca pudo hacer y lo que solo pudo ser, así, como cada cosa a su sitio, y cada infierno en su infierno, salvo el cuerpo, solo, el cuerpo, aquel andante inoportuno donde las cosas son lo que son y él no quiere ser lo que es. "No quiero, No quiero", larga la boca del cuerpo, "no quiero" y camina, "no quiero" y desangra, "no quiero" y se ríe. Y la enfermedad, y los tumores, y el ardor, van y vienen en multiformes sueños de monótono dolor y pesar, el ronquido de lo que le repite el cadalso en la garganta que se abre al sueño, desata al cuerpo en frenética locura de extirpación, se quita y se rompe de si en contra de su enfermedad, y porque la ama la rechaza, pues no quiere morir por la hija de la luna. El cuerpo puede ser vampiro pero nunca demonio, puede ser enfermo, pero jamás luna.
Y por fin, de una vez y sin intermitencias, el cuerpo es feliz de derrumbarse, de ser exitosamente vencido por la miseria del mundo, por la enfermedad y sus tumores, por ese pecho compungido que le golpea de sólo saber de espasmos flemáticos y de sal que aguarda mientras quema donde espera al permiso de unos ojos que no se dejan llorar, que no se dejan arruinar, que no abren puerta a la miseria por orgullo de águila que el gran semblante de la mirada, del cuerpo, porta.
Por fin el cuerpo cayó, se dispone ligeramente a aquietarse, a dejarse matar, pero el cuerpo, aquella carne de sólo sangre nunca expuesta, muere infinitamente de olvido y abandono, de distancia muerta, rota, de ya-no-distancia, de ya-no-encuentro, de encierro que ha buscado en el mismo infierno bajo la amargada luna que no se concilia nunca con el sol, muere, de andar desnudo y por fin, abierto de sal.
En el infierno se desploma su peso, su golpe resuena en la sorda piedra y el opaco y crudo fango que convive junto al fuego, el espíritu que lava las miserias de la carne muerta.
El cuerpo por fin, ya no dice más "no quiero", el cuerpo abierto, se ha abandonado como abandonado atrás, ha quedado el mismo infierno.
sábado, 6 de septiembre de 2008
TESTIGOS
que intentan caminar sobre un piso intacto.
Rompen el plano sofocante del silenciamiento.
Renacen para decir, desenterrándose.
Señales silenciosas, mojones para la memoria.
Emerjo lentamente desde esta superficie lisa,
opresiva, que se derrumba. Se derrumba la
tierra del silencio, ante mi desentierro.
Eugenia Bekeris.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
CAMINOS DEL ESPEJO
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.
COMUNICACIONES
parte de la cara y las manos.
Me llamaban ángel harapiento.
Yo esperaba.
MENDIGA VOZ
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.
En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.




